Imagen utilizada para ilustrar esta columna publicada en el periódico La diaria el 25 de abril de 2019. Foto: Ramiro Alonso.

Por Stefan Liller* y Guilherme Canela**

La celebración de elecciones libres, limpias y periódicas es una de las condiciones necesarias para las democracias, así como la vigencia del Estado de Derecho y la libertad de expresión.

La proliferación de campañas de desinformación, a través de contenidos virales en las redes sociales y servicios de mensajería, puede poner en jaque a esta ecuación electoral. 

Uruguay no es ajeno al fenómeno conocido popularmente como fake news. Estos contenidos —que pueden tener intencionalidad política y apariencia periodística — son muchas veces utilizados como herramientas propagandísticas y se caracterizan por desinformar o faltar a la verdad.

Mentir o desinformar no es algo nuevo en procesos electorales; mucho menos el uso de las tecnologías de información y comunicación para intentar influir los resultados. La novedad está en el alcance y la velocidad con que se puede transmitir información hoy en día.  Como bien señaló Mark Twain hace más de cien años: "Una mentira puede viajar por medio mundo mientras la verdad está poniéndose los zapatos".

Sea con las fake news o con otros fenómenos nuevos, como el incremento de publicidad electoral en las redes, la utilización de técnicas como la micro-focalización —mensajes políticos individualizados basados en uso de datos personales— o la manipulación de los “filtro burbuja” —que hacen que grupos con intereses similares reciban los mismos contenidos reforzando sus puntos de vista compartidos—, los niveles de complejidad para garantizar elecciones limpias han aumentado de manera significativa.

Una de las búsquedas en el perfeccionamiento de nuestras democracias fue y sigue siendo la reducción de las asimetrías de la información. En un mundo ideal, sin asimetrías, los electores tomarían la mejor decisión según sus intereses y los de la colectividad.

Por esa misma razón, las instituciones avanzaron intentando disminuirlas, garantizando, por ejemplo, que todos los candidatos tuviesen la oportunidad de ser escuchados por los electores, o regulando el financiamiento de las campañas.

Las redes sociales, paradójicamente, ofrecen una enorme oportunidad para disminuir esas asimetrías, pero también pueden ser un riesgo para que aumenten.

Desafortunadamente, no hay fórmula mágica para enfrentar estos fenómenos. Sin embargo, hay algunas pistas de buenas prácticas: llamar a la conciencia ética de los distintos integrantes del ecosistema político y la ciudadanía, y formar a diferentes actores —autoridades electorales, periodistas, ciudadanos y ciudadanas— sobre estos temas.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) saludan la iniciativa de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), que el 26 de abril promoverá la firma entre los partidos políticos de un pacto ético contra la desinformación en las próximas elecciones.

Es un paso importante para el país, en un camino que demandará otras estrategias complementarias para seguir elevando la calidad del debate político y fortalecer la democracia.

Este artículo fue publicado en el periódico uruguayo La diaria en su edición del 25 de abril de 2019. Leer aquí.

*Stefan Liller es Representante Residente del PNUD en Uruguay.
**Guilherme Canela, Consejero Regional de la UNESCO para Comunicación e Información.

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